Susurros II

•julio 28, 2010 • 2 comentarios

Desconozco qué hora de la noche es, pero el silencio llena las calles dando paso a los maullidos felinos y distantes sirenas que se pierden en la bruma del invierno. Sólo el monótono clic del reloj de pared acompasa mi respiración cuando oigo aquellos susurros, dentro de mi casa. Sí, dentro de mi casa, a pesar de que la soledad me ha acostumbrado al silencio constante y a la ausencia de voces humanas.

Pero allí, en dirección hacia la entrada de la casa, oigo esas voces profanas susurrando idiomas innombrables en el umbral de lo audible. Pienso en levantarme, pero tengo la certeza de que los susurros desaparecerán si lo hago. Algo dentro mío me obliga a quedarme entre las mantas, acosado por la tensión de percibir indirectamente lo desconocido, preguntándome si son simplemente fabulaciones de una mente que ha abandonado la cordura o si algo más se encuentra vagando a pocos metros de mi cama.

Los días pasan, y los susurros se repiten esporádicamente. Cada vez los percibo más audibles, más cercanos, más palpables, pero me mantengo dándole la espalda al ignoto origen de aquellos sonidos, dominado ya por la parálisis del horror y de la demencia.

Una noche los susurros cesan al llegar a la puerta de mi habitación. La misma se abre lentamente, con un chirrido leve, mientras unas lágrimas inundan mis ojos.

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Niebla

•mayo 13, 2010 • 2 comentarios

Hay personas que disfrutan del paisaje londinense que ofrece una densa bruma rodeándolo todo y limitando la visión a apenas un par de decenas de metros. Sonríen al recibir el rocío fresco en su cara y en sus brazos, juegan a las escondidas, se maravillan con un simple espectáculo de la naturaleza.

Personas que no pueden ver los demonios ocultos en la niebla.

Recuerdo esa noche de mi niñez, en la casa de veraneo de mi familia, la espesa niebla que había bajado de las montañas y que se instaló en el pueblo en la madrugada de un viernes fresco e inusual para la época. Recuerdo mis pasos vacilantes por la grama del extenso terreno lindante a la casa mientras en la casa mi familia dormía. Recuerdo el silencio opresor, las gotas de agua que se acumulaban en mis pestañas y me obligaban a parpadear.

Y sobre todo recuerdo con un helado estremecimiento en mi espina a las sombras que se movían entre la niebla. Recuerdo los susurros, las garras y chirridos. Recuerdo el terror de un niño solo.

Cada vez que la niebla domina las calles y se vuelve tan densa que no permite ver más allá de unos cuantos pasos el terror me paraliza. Sé que en ella habitan seres invisibles, que ríen y esperan la oportunidad para pisar nuestro mundo, que frotan sus garras con satisfacción cuando las personas disfrutan el paisaje londinense.

Fiebre

•abril 20, 2010 • Dejar un comentario

El cansancio duele en los huesos y en el alma mientras busco refugio entre las frazadas de mi cama, anhelante de los reinos de Morfeo. Mi cuerpo pide el reposo como el errante del desierto busca el oasis, el agua; la vida. La realidad se esfuma de mis ojos con rapidez, sin hacer caso de las luces del día y de los ruidos callejeros opuestos a mi vida nocturna, y caigo inexorablemente en el coma diario de mis sueños.

Pero pasado un tiempo imposible de medir, quizás minutos, quizás días, horrendas visiones comienzan a perturbar mi frágil descanso. Grotescas y enormes masas de una materia sin nombre se retuercen y borbotean ante mí, reclamándome, haciéndome entender que siempre estarán detrás de mis pasos. Un calor infernal se desprende de ésta mientras un rostro entre humano y bestial comienza a formarse en la masa, un rostro que me muestra sus colmillos y sus ojos negros y puntiagudos, un rostro del cual surge repentinamente una carcajada enferma y diabólica. Descubro con horror que es inútil intentar huir de ella, mientras mi boca abierta se transfigura en una mueca muda de miedo sobrenatural, sin posibilidad de articular palabra o grito alguno.

(el dolor)

La realidad me golpea cruelmente gracias a un latigazo de dolor que atraviesa mi cabeza; la noche y la oscuridad profunda me envuelven mientras mis gritos delirantes resuenan en la negrura de mi casa. Tiemblo empapado por un sudor helado mientras mi cuerpo arde por la fiebre, emitiendo un vapor apenas visible entre los hilos de anaranjada luz artificial que se cuelan por las rendijas de la ventana. Nada puede oírse salvo el sonido de mi respiración y el murmullo sordo del ronronear de mi gata, quien en su crueldad instintiva ignora los horrores de mis delirios febriles para mantenerse sumida en el reparador descanso que tanto anhelo yo.

Ojos Negros

•abril 15, 2010 • 2 comentarios

Una lluvia fina y helada cae en mantos rosáceos, formando espejos y arroyuelos en las calles y veredas. Las calles están en silencio, vigiladas silenciosamente por grandes grotescos y por rostros de concreto erguidos en las cornisas de los viejos y grises edificios.

Una puerta chirría, un par de botas chapalean entre los charcos, una figura se arrebuja en un impermeable azul mientras se apresura debajo de la lluvia. Camina sin mirar por las calles, persiguiendo algo, mientras las ratas se asoman desde las alcantarillas. Sus cuencas oculares parecen vacías, profundamente negras, y su pelo húmedo se pega a su frente.

Un estruendo inesperado sacude la ciudad. Una bola de fuego ilumina repentinamente los alrededores mientras la onda expansiva aparta la lluvia por unos instantes. La vieja iglesia se derrumba consumida por las flamas mientras cientos de personas aún no comprenden lo que sucede.

Una suave carcajada se oye a través de las densas y rosáceas cortinas de agua.

Susurros

•febrero 18, 2010 • Dejar un comentario

La alter-vida transcurre durante una de tantas noches tibias de fines de verano mientras luces extrañas iluminan las habitaciones y sombras mudas bailan alrededor. Los mundos chocan y ahi estoy yo, mudo e impasible cronista, testigo de rituales sin nombre y de potencias inauditas que se alzan, caen y vuelven a alzarse.

Miles de historias diferentes pulsan dentro mío, inspiradas en visiones propias y ajenas, cada una con una vida y un demonio que le corresponde. Me esfuerzo por recuperar la capacidad de describir esos universos internos que dominan la mente de una persona acostumbrada al silencio abrumador que contrasta fuertemente con las hordas aullantes que marcan el paso de las horas de su pensamiento. Cada día sueño una persona, un mundo distinto, a veces sus caminos se tocan y otras veces directamente chocan, pero generalmente constituyen un multiverso de realidades tan diferentes entre ellas que sin lugar a dudas juzgarían extrañas si tuvieran la oportunidad de contemplarse unos a otros.

Las palabras dormidas en nuestro interior cobran vida repentinamente y son capaces de formar sueños o pesadillas, reflejando lo que nuestros ojos externos e internos pueden ver.

-[…] Eran pocos los que tenían tanto afán y se reunían en esta biblioteca convocados por mi padre, y en el pueblo los empezaron a llamar “El Círculo”. No se sabe si el chusmerío fue quien los bautizó de esa manera, o si ellos mismos comenzaron a denominarse así, pero el hecho es que con el tiempo a cada una de las personas que conformaba El Círculo se la catalogaba como erudito, profesor, intelectual o lisa y llanamente loco…

El Pueblo y el Secreto

Poder

•febrero 17, 2010 • Dejar un comentario

Al fin siento que puedo romper las ataduras que confinaban la escritura dentro de mi cabeza. Las letras fluyen de mis manos como la sangre de las muñecas del suicida, formando torrentes de palabras que chocan entre sí y crean una vorágine de ficciones e inspiración insana. Ejerzo nuevamente el poder de la creación a través de mis dedos mientras el velo que nublaba mi imaginación se levanta y puedo describir claramente antiguas bibliotecas, retratos anticuados y nombres lúgubres y siniestros.

“-Mi padre, además,- agregó el anciano hombre, mientras buscaba algo recorriendo las altas estanterías de madera de la biblioteca- mantenía una cercana amistad con Matthias Löbau, un viejo y hosco doctor alemán quien había sido el médico personal e íntimo amigo del fundador de este pueblo, don José Brandon, y además su albacea testamentario. Se reunía con mi padre en privado, con relativa frecuencia, y por lo que pude saber compartía la lectura de diarios y cartas escritas por Brandon poco antes de morir. De hecho recuerdo a Löbau entrar en esta casa con paquetes de cuadernos y cartas que luego dejaba en posesión de mi padre. Estas reuniones privadas suponían un particular interes para mi padre, pero constantemente se negó a revelar lo que conversaba con el alemán o dónde guardaba las cartas y cuadernos que hubieran pertenecido al viejo Brandon.”

– Extracto de “El Pueblo y el Secreto”, Cap. II.

Sentidos

•enero 25, 2010 • 1 comentario

Que son los sentidos sino solamente las ventanas de nuestra mente hacia el mundo? Y construimos nuestras realidades a través de estas ventanas imperfectas y limitadas, erigimos nuestros dominios de la razón y los temores en lo que percibimos desde débiles refugios, y en la ignorancia que las paredes donde estas ventanas se encuentran empotradas encontramos paz.

Pero hay ocasiones en las que una nueva ventana se abre ante nosotros. Drogas, enfermedades, traumas, conexiones místicas, cualquier cosa basta para que el mundo que creíamos real y sólido como el suelo bajo nuestros pies se desmorone; nuestro jardín de belleza se transforma repentinamente en los dominios de horrores inimaginables, nuestra realidad y razón caen al suelo como cristales rotos, y aquellos que nos rodean y son incapaces de ver la misma ventana que podemos observar tan claramente y que pasa a dominar nuestro espectro de percepción juzgan nuestra cordura, se apartan, y hasta llegan a temer las cosas que luego plasmamos en relatos, dibujos, o sueños protagonizados por una nerviosa inquietud.

Hay tantas realidades como seres humanos en el mundo; algunas mas hermosas, y otras mas crueles y horrorosas.